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Un horizonte nuevo de Claribel Alegría

Un horizonte nuevo de Claribel Alegría Un horizonte nuevo se despliega ante mí un horizonte que se abre y me invita a entrar para encontrarme para ser devorada liberada y yo no tengo miedo y danzo y salto y salgo de mi cuerpo y vuelvo a entrar y me siento incómoda en mi cárcel y quiero ser lanzada dentro de esa frontera que me incita y me acerco y me alejo pero no he de tardar.

Y luego nada

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Hay sombras grises en la vieja estación de ferrocarriles. Algunas sombras fugaces pasan desapercibidas entre el gentío. Las ruedas de las maletas resuenan amplificadas por la melancolía de los que marchan. Son murmullos de despedidas, de reencuentros, de un adiós que esperas que sea un hasta luego. Es entonces cuando recuerdas todas las palabras que no has dicho, los abrazos que no diste. El tic-tac del reloj central se cierne sobre los viajeros. Y en un simple roce de labios debes concentrar todos los besos de buenos días y de buenas noches. El sol entra a raudales por los ajados cristales del techo, regalándole un aspecto aún más lánguido a un edificio ataviado con estructura de hierro, lágrimas y suspiros. Bajas las escaleras y apenas puedes distinguir las difuminadas siluetas de aquellos que se quedan por los rayos del astro diurno. El tren arranca, se desdibujan sus rostros hasta ser un punto en el horizonte, y luego nada.

La utopía para Eduardo Galeano

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La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar. Eduardo Galeano

Un mar verde

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Un mar verde. Olas que irrumpen en el horizonte, pasajeras, relegadas a la afonía del olvido. Viento que dibuja a su antojo sobre el agua imaginada, caprichoso, espontáneo, impredecible. Verde infinito, verde perenne. Cuando lo miro, me hace evocar lo que una vez dijera un joven granaíno: "Verde que te quiero verde/ Verde viento. Verdes ramas./ El barco sobre la mar/ y el caballo en la montaña."

Guardiana

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Pues eso, una gaviota que reflexiva contempla el horizonte marino. Una línea eterna que hace de frontera entre los sueños de los marineros y de los pájaros. Permanece callada por espacio de un tiempo indeterminado. Ella queda extasiada ante tal belleza infinita, se sobrecoge ante tal inmensidad y acaba sintiéndose pequeña, diminuta. Pese a ello ya está planeando en surcar el cielo en breves instantes y planear dejándose llevar, con las alas inmóviles, hierática. Al fin y al cabo, ella es una de las guardianas de esa tierra de nadie allende los mares, a la que también llaman horizonte.

Pisadas que se entrecruzan

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Son muchas las pisadas que observo al contemplar el paisaje. Pero hay tantas que soy incapaz de distinguir las unas de las otras . Se entremezclan en un caos ordenado o en un orden caótico, como cada uno prefiera, hasta el horizonte. Y sí, algunas de esas huellas son las mías, que caminaron junto a otras que pertenecieron a mis seres queridos. Y mientras tanto, brilla un límpido cielo azul.

Con una llave en el bolsillo

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 Acaricias un horizonte gris con la mano, El cual se divisa borroso entre caladas de rebeldía. Quieres creer que el mundo es tuyo. Bailas con una sonrisa en el alma. Piropeas a un horizonte gris susurrando, El cual se desvanece entre brumas de indecisión. Quieres pensar que él de ti se ha enamorado. Corres con la llave de su corazón en tu bolsillo. Anhelas un horizonte gris inminente, El cual se forja entre fraguas de libertad. Quieres observarlo a la luz del día. Deslumbrado por él quedarte. Acaricias un horizonte gris con la mano, El cual borroso se descubre entre caladas de vida. Quieres sentirlo, quieres vivirlo, Mas se te olvidó la llave en algún sitio.