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Y luego nada

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Hay sombras grises en la vieja estación de ferrocarriles. Algunas sombras fugaces pasan desapercibidas entre el gentío. Las ruedas de las maletas resuenan amplificadas por la melancolía de los que marchan. Son murmullos de despedidas, de reencuentros, de un adiós que esperas que sea un hasta luego. Es entonces cuando recuerdas todas las palabras que no has dicho, los abrazos que no diste. El tic-tac del reloj central se cierne sobre los viajeros. Y en un simple roce de labios debes concentrar todos los besos de buenos días y de buenas noches. El sol entra a raudales por los ajados cristales del techo, regalándole un aspecto aún más lánguido a un edificio ataviado con estructura de hierro, lágrimas y suspiros. Bajas las escaleras y apenas puedes distinguir las difuminadas siluetas de aquellos que se quedan por los rayos del astro diurno. El tren arranca, se desdibujan sus rostros hasta ser un punto en el horizonte, y luego nada.

Gracias a todos aquellos que respiran a mi lado

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Hoy es uno de esos días que las lágrimas te nublan la vista, que el silencio no calla, que necesitas un abrazo tras otro. Saber que vas a echar en falta a alguien por la distancia o por el tiempo o que ya lo estás haciendo, entristece. Pero también comprendes que esa añoranza naciente o que ya ha vivido bastante, significa estar rodeado de personas a las que quieres y te quieren, eres feliz de compartir tu respirar con ellos aunque no se encuentren contigo, porque siempre están presentes, en tu interior, en tus pensamientos. Viven en tu aquí y ahora de otra forma, igual de intensa, igual de bella. Solamente te apetece escuchar canciones melancólicas y tener un montón de pañuelos preparados para esas gotitas saladas que están a punto de florecer bajo tus pestañas. Aunque también desearías decir gracias por que estén ahí, aunque no estén a tu lado. Gracias por regalarme vuestras sonrisas y vuestra amistad.