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Reflejos oníricos (XIX): Sueño especular

Sueño especular de Miguel Florián Amo las gaviotas que se alejan con una rosa inmóvil en su espacio. Más allá de todo dios ansío esta quietud de líneas paralelas. Adivino otro mar, otra arena de azogues en el hueco del alma. Como la rosa que se vierte a sí misma, siempre así. Siempre así, sobre la línea ciega que se eleva hasta el sol. Así, bebiendo en cada agua, temblando en cada labio.

Planeando sobre el viento

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Pudiera ser que la gaviota ignora su capacidad de volar. Lleva tanto tiempo caminando o dando saltitos que se le olvidó cómo desplegar las alas. Y entonces avista el cielo, pensativa, anhelando alcanzar los rayos del sol que emergen entre las nubes de lluvia. Quisiera dejarse mecer por ellos mientras le hacen entrar en calor. Es su propia sombra la que le hace creer que se encuentra encadenada al suelo, transmitiéndole el miedo al abandono si se marcha y la deja atrás. Como si la soledad fuera una prisión, cuando es la que, de verdad, te regala alas para soñar, la que te proporciona imaginación para pensar.  Tal vez se atreva a huir del reflejo de un astro, que no calienta el corazón, saliendo del espejo. Podrá recordar en ese instante cómo se planea sobre el viento, cómo se vive lejos de la tierra.

A mi lado

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Sueño que estás a mi lado, hermana. Vemos una gaviota que intenta atrapar un pez, que se le escapa. El sol luce solitario en lo alto del cielo. Tú y yo, y un océano que nos contempla imperturbable. Me hace feliz tu sonrisa. Entonces me preguntas, ¿por qué se me cae el pelo, hermanita? Una brisa fría, enlutada, me rodea en su melancolía para abandonarme en busca de las ramas oscilantes de los cipreses. Me he quedado dormida al lado de tu lápida. Te prometí que siempre estaría contigo. Aunque la leucemia nos separara, no lo logró con nuestro amor.

Guardiana

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Pues eso, una gaviota que reflexiva contempla el horizonte marino. Una línea eterna que hace de frontera entre los sueños de los marineros y de los pájaros. Permanece callada por espacio de un tiempo indeterminado. Ella queda extasiada ante tal belleza infinita, se sobrecoge ante tal inmensidad y acaba sintiéndose pequeña, diminuta. Pese a ello ya está planeando en surcar el cielo en breves instantes y planear dejándose llevar, con las alas inmóviles, hierática. Al fin y al cabo, ella es una de las guardianas de esa tierra de nadie allende los mares, a la que también llaman horizonte.

Un sol que no quiere marcharse

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Un sol que se nos antoja inmóvil, paralizado entre el ir y el devenir de unas cuantas gaviotas. Un sol que presencia la impredecible y bella caligrafía con la que escriben sus alas su vuelo. Su libre transitar lo hace enmudecer ante tal expresión de vida, ante tal explosión de energía. Su deseo momentáneo es permanecer unos segundos más iluminando su revolotear, antes de que el mar lo haga naufragar en su inmensa calma.