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Mostrando las entradas etiquetadas como mar

Lo personal es político (III): Isabel F. Bernaldo de Quirós

El viento de Isabel F. Bernaldo de Quirós  Dicen que la culpa la tiene el mar pero es el viento el causante de su descarrío. Aire que se revuelve y golpea, aire cruel prepotente cobarde. Amante que se esconde entre las olas y abusa de su poder. Tuvo que demostrar su inocencia la mar. Las puñaladas de muerte se adelantaron a la sentencia: Te condeno, viento, por maltratador.

Un estío perezoso (II): Emily Dickinson

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"Ver el cielo del verano es poesía, aunque nunca se encuentre en un libro. Los verdaderos poemas siempre se escapan." Emily Dickinson

Estudiar un atardecer

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Los estudié durante semanas. No es fácil entender un atardecer. Tiene sus tiempos, sus medidas, sus colores. Y como no hay un atardecer, ni uno solo, que sea idéntico a otro, entonces el científico tiene que saber discernir los detalles y aislar la esencia hasta que pueda decir este es un atardecer, el atardecer. ¿La estoy aburriendo?  Alessandro Baricco.

Somos seres solitarios (I): la versión de Juan Ramón Jiménez

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Soledad de Juan Ramón Jiménez En ti estás todo, mar, y sin embargo,  ¡qué sin ti estás, qué solo,  qué lejos, siempre, de ti mismo! Abierto en mil heridas, cada instante,  cual mi frente,  tus olas van, como mis pensamientos,  y vienen, van y vienen,  besándose, apartándose,  en un eterno conocerse,  mar, y desconocerse. Eres tú, y no lo sabes,  tu corazón te late y no lo siente... ¡Qué plenitud de soledad, mar sólo!

Las hebillas que sujetaban a la mar

Hemos desgarrado las hebillas que sujetaban la mar de caerse al precipicio. Los marineros naufragados podrán volver a nacer. Atrapemos las voces de las sirenas, traspapeladas entre cartas náuticas, antes de que ellos sean devueltos a las fauces de Poseidón. Las aguas llorarán al escaparse por los límites de esta tierra plana, y la Atlántida entonará una última canción descabellada.

Uno de esos poemas eternos (I)

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Caminante no hay camino de Antonio Machado Caminante, son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino sino estelas en la mar.

Y cuando

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Cuando es solamente la distancia la que me separa de ti y el tiempo el que me acerca... 

La poesía es viento, es fuego, es mar

Teoría de José Hierro Un instante vacío de acción puede poblarse solamente de nostalgia o de vino. Hay quien lo llena de palabras vivas, de poesía (acción de espectros, vino con remordimiento). Cuando la vida se detiene, se escribe lo pasado o lo imposible para que los demás vivan aquello que ya vivió (o que no vivió) el poeta. Él no puede dar vino, nostalgia a los demás: sólo palabras. Si les pudiese dar acción... La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar. Hace vibrar árboles, ropas, abrasa espigas, hojas secas, acuna en su oleaje los objetos que duermen en la playa. La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar: da apariencia de vida a lo inmóvil, a lo paralizado. Y el leño que arde, las conchas que las olas traen o llevan, el papel que arrebata el viento, destellan una vida momentánea entre dos inmovilidades. Pero los que están vivos, los henchidos de acción, los palpitantes de nos...

Una carta con destinatario

Escribamos una carta. No importa el destinatario. Mandémosla al mundo sin un sello ni una dirección. Como ese pliego que lanzas al mar en una botella. No esperemos una respuesta. O quizás sí que deberíamos dedicársela a alguien: a la vida. Esa que te acompaña mientras respiras. Esa que quieres relegar al olvido cuando te embarga la melancolía. Con garabatear unas pocas grafías podemos expresar lo que sentimos, más palabras sobrarían: Gracias. 

Un mar verde

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Un mar verde. Olas que irrumpen en el horizonte, pasajeras, relegadas a la afonía del olvido. Viento que dibuja a su antojo sobre el agua imaginada, caprichoso, espontáneo, impredecible. Verde infinito, verde perenne. Cuando lo miro, me hace evocar lo que una vez dijera un joven granaíno: "Verde que te quiero verde/ Verde viento. Verdes ramas./ El barco sobre la mar/ y el caballo en la montaña."

Pudo ser

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  Un atardecer cualquiera en un día indeterminado de los meses del estío. Da igual que fuera lunes o viernes, que hiciera frío o calor, puesto que solo soy capaz de evocar su contacto, su presencia, su olor... El tiempo, como siempre tan juguetón, me trae una imagen borrosa de ese instante. Me abrazaba por detrás mientras me acariciaba el rostro. Sin embargo, desconozco si fue realidad o un simple sueño. Tal vez me lo inventara. Quién sabe. Pero acabó fraguandose como un recuerdo nuestro en mis pensamientos. Por eso mismo, da igual qué sea cierto o no, pues yo lo siento con la misma intensidad. Aún percibo su respiración entrecortada sobre mi cabello o mi corazón acelerado mientras el sol desaparecía con pesar...

Capturando un poco de ternura

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Un segundo de miradas, de caricias, de palabras que no necesitan ser pronunciadas. Un instante compartido entre dos seres que irradian solo ternura. Un potrillo que apoya suavemente su hocico sobre su madre. Una imagen vivida qué me hace replantearme cómo un gesto tan sencillo, tan breve puede transmitirme tanto y conseguir desencadenar en mí una ola de emociones que me hacen estremecerme. Logré robarle este momento al olvido en una verde pradera extraviada entre montañas y que precipitaba al mar por medio de unos acantilados. Una pequeña muestra de amor que representa esa historia tan vieja como el universo, que no por ello deja de sorprendernos.

Guardiana

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Pues eso, una gaviota que reflexiva contempla el horizonte marino. Una línea eterna que hace de frontera entre los sueños de los marineros y de los pájaros. Permanece callada por espacio de un tiempo indeterminado. Ella queda extasiada ante tal belleza infinita, se sobrecoge ante tal inmensidad y acaba sintiéndose pequeña, diminuta. Pese a ello ya está planeando en surcar el cielo en breves instantes y planear dejándose llevar, con las alas inmóviles, hierática. Al fin y al cabo, ella es una de las guardianas de esa tierra de nadie allende los mares, a la que también llaman horizonte.

Un sol que no quiere marcharse

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Un sol que se nos antoja inmóvil, paralizado entre el ir y el devenir de unas cuantas gaviotas. Un sol que presencia la impredecible y bella caligrafía con la que escriben sus alas su vuelo. Su libre transitar lo hace enmudecer ante tal expresión de vida, ante tal explosión de energía. Su deseo momentáneo es permanecer unos segundos más iluminando su revolotear, antes de que el mar lo haga naufragar en su inmensa calma.

Una amistad...

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La amistad es un mar solitario en el que a veces encuentras otro barco a la deriva como tú…